domingo, 13 de noviembre de 2016

De "Memorias de un gato de buena familia"


Nací con el peso aproximado que suele tener un gato adulto de buena familia (cuatro kilos y medio), aunque mis ojos estaban igual de ciegos que los del resto de los gatos recién nacidos. A pesar de estar abiertos y receptivos, no veía nada más allá de mis bigotes.
El oxígeno empezó a inundar mis pulmones primerizos y expectantes, y comencé a maullar (los bebés humanos maúllan igual que los bebés gatos). Eso no hizo más que corroborar las sospechas de aquellos que auguraban un destino gatuno para mí. A pesar de mi apariencia, casi humana, era distinta al resto de las criaturas. No digo que mejor o peor, simplemente distinta. Mi madre lo sabía y yo también.

Los dos primeros días de vida me resultaron insólitos. Nací en un hospital donde no había gatos, donde no los dejaban entrar; también había un cartel que prohibía la entrada de los perros, así que el desconcierto fue bestial. Sólo escuchaba un ensordecedor ruido de montañas derrumbarse, toneladas de gritos y de risas estruendosas inundando de piedras mi silencio interior.  Demasiados humanos diciendo estupideces, gritando estupideces. Fue entonces cuando mi madre empezó a ronronear y cantar muy bajito para que me calmara. Me habló de Negrito y de Sultán, de Blanquita, de trasto, de Julieta, de Rojales. Me dijo que nos estaban esperando en casa, que no había nada de qué preocuparse.