Nací
con el peso aproximado que suele tener un gato adulto de buena familia (cuatro
kilos y medio), aunque mis ojos estaban igual de ciegos que los del resto de
los gatos recién nacidos. A pesar de estar abiertos y receptivos, no veía nada más
allá de mis bigotes.
El
oxígeno empezó a inundar mis pulmones primerizos y expectantes, y comencé a
maullar (los bebés humanos maúllan igual que los bebés gatos). Eso no hizo más
que corroborar las sospechas de aquellos que auguraban un destino gatuno para
mí. A pesar de mi apariencia, casi humana, era distinta al resto de las
criaturas. No digo que mejor o peor, simplemente distinta. Mi madre lo sabía y
yo también.
Los
dos primeros días de vida me resultaron insólitos. Nací en un hospital donde no
había gatos, donde no los dejaban entrar; también había un cartel que prohibía
la entrada de los perros, así que el desconcierto fue bestial. Sólo escuchaba un
ensordecedor ruido de montañas derrumbarse, toneladas de gritos y de risas
estruendosas inundando de piedras mi silencio interior. Demasiados humanos diciendo estupideces,
gritando estupideces. Fue entonces cuando mi madre empezó a ronronear y cantar
muy bajito para que me calmara. Me habló de Negrito y de Sultán, de Blanquita,
de trasto, de Julieta, de Rojales. Me dijo que nos estaban esperando en casa,
que no había nada de qué preocuparse.
